miércoles, 18 de septiembre de 2019

RECONSTRUIR AL HOMBRE

El proceso que estamos haciendo lo hemos llamado de Reconstrucción, pero al decir Reconstrucción no queremos solo decir arreglar las casas, la economía o la industria, sino también los hombres. Es cuestión de estar en contacto con ellos para darse cuenta de cómo han quedado.
Lo difícil es conseguir los mejores, porque el hombre bueno no se viene a ofrecer.
El que lo hace, generalmente, no lo es.
Al hombre capaz hay que ir a buscarlo a su casa.
Todo ese trabajo es de Reconstrucción. Por eso, muchachos, antes de terminar esta charla de hoy, les pido que para la próxima reunión piensen
-y así tratamos el asunto del horizonte directivo que es lo que nos interesa, porque es el verdadero problema que existe en este momento-,("En Quien Es Quien").
Eso es lo que necesitamos saber, pensando que más vale un buen hombre al frente de cinco que uno malo al frente de cinco mil...
Yo me quedo con el que está con cinco
y no con el que tiene cinco mil.....
Tte Gral Juan Domingo Perón

sábado, 14 de septiembre de 2019

PERÓN Y LA MADRE PATRIA ESPAÑA


Discurso del presidente Juan Domingo Perón en la Academia Argentina de Letras

El 12 de octubre de 1947, el entonces presidente pronunció un discurso en el cual exaltó la obra de España en América, denunció la “leyenda negra” sobre la Conquista y reivindicó “el Día de la Raza, instituido por Hipólito Yrigoyen”

No me consideraría con derecho a levantar mi voz en el solemne día que se festeja la gloria de España, si mis palabras tuvieran que ser tan sólo halago de circunstancias o simple ropaje que vistiera una conveniencia ocasional. Me veo impulsado a expresar mis sentimientos porque tengo la firme convicción de que las corrientes de egoísmo y las encrucijadas de odio que parecen disputarse la hegemonía del orbe, serán sobrepasadas por el triunfo del espíritu que ha sido capaz de dar vida cristiana y sabor de eternidad al Nuevo Mundo.

No me atrevería a llevar mi voz a los pueblos que, junto con el nuestro, formamos la Comunidad Hispánica, para realizar tan sólo una conmemoración protocolar del Día de la Raza.

Únicamente puede justificarse el que rompa mi silencio, la exaltación de nuestro espíritu ante la contemplación reflexiva de la influencia que, para sacar al mundo del caos que se debate, puede ejercer el tesoro espiritual que encierra la titánica obra cervantina, suma y compendio apasionado y brillante del inmortal genio de España.

Espíritu contra utilitarismo

Al impulso ciego de la fuerza, al impulso frío del dinero, la Argentina, coheredera de la espiritualidad hispánica, opone la supremacía vivificante del espíritu.

En medio de un mundo en crisis y de una humanidad que vive acongojada por las consecuencias de la última tragedia e inquieta por la hecatombe que presiente; en medio de la confusión de las pasiones que restallan sobre las conciencias, la Argentina, la isla de paz, deliberada y voluntariamente, se hace presente en este día para rendir cumplido homenaje al hombre cuya figura y obra constituyen la expresión más acabada del genio y la grandeza de la raza.

Y a través de la figura y de la obra de Cervantes va el homenaje argentino a la Patria Madre, fecunda, civilizadora, eterna, y a todos los pueblos que han salido de su maternal regazo.

Por eso estamos aquí, en esta ceremonia que tiene la jerarquía de símbolo. Porque recordar a Cervantes es reverenciar a la madre España; es sentirse más unidos que nunca a los demás pueblos que descienden legítimamente de tan noble tronco; es afirmar la existencia de una comunidad cultural hispanoamericana de la que somos parte y de una continuidad histórica que tiene en la raza su expresión objetiva más digna, y en el Quijote la manifestación viva y perenne de sus ideales, de sus virtudes y de su cultura; es expresar el convencimiento de que el alto espíritu señoril y cristiano que inspira la Hispanidad iluminará al mundo cuando se disipen las nieblas de los odios y de los egoísmos.

Por eso rendimos aquí el doble homenaje a Cervantes y a la Raza.

Homenaje, en primer lugar, al grande hombre que legó a la humanidad una obra inmortal, la más perfecta que en su género haya sido escrita, código del honor y breviario del caballero, pozo de sabiduría y, por los siglos, de los siglos, espejo y paradigma de su raza.

Destino maravilloso el de Cervantes que, al escribir El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, descubre en el mundo nuevo de su novela, con el gran fondo de la naturaleza filosófica, el encuentro cortés y la unión entrañable de un idealismo que no acaba y de un realismo que se sustenta en la tierra. Y además caridad y amor a la justicia, que entraron en el corazón mismo de América; y son ya los siglos los que muestra, en el laberinto dramático que es esta hora del mundo, que siempre triunfa aquella concepción clara del riesgo por el bien y la ventura de todo afán justiciero. El saber “jugarse entero” de nuestros gauchos es la empresa que ostentan orgullosamente los “quijotes de nuestras pampas”.

En segundo lugar, sea nuestro homenaje a la raza a que pertenecemos.

Para nosotros, la raza no es un concepto biológico. Para nosotros es algo puramente espiritual. Constituye una suma de imponderables que hace que nosotros seamos lo que somos y nos impulsa a ser lo que debemos ser, por nuestro origen y nuestro destino. Ella es lo que nos aparta de caer en el remedo de otras comunidades cuyas esencias son extrañas a la nuestra, pero a las que con cristiana caridad aspiramos a comprender y respetamos. Para nosotros, la raza constituye nuestro sello personal, indefinible e inconfundible.

Para nosotros los latinos, la raza es un estilo. Un estilo de vida que nos enseña a saber vivir practicando el bien y a saber morir con dignidad.

Nuestro homenaje a la madre España constituye también una adhesión a la cultura occidental. Porque España aportó al occidente la más valiosa de las contribuciones: el descubrimiento y la colonización de un nuevo mundo ganado para la causa de la cultura occidental.

Su obra civilizadora cumplida en tierras de América no tiene parangón en la Historia. Es única en el mundo. Constituye su más calificado blasón y es la mejor ejecutoria de la raza, porque toda la obra civilizadora es un rosario de heroísmos, de sacrificios y de ejemplares renunciamientos.

Su empresa tuvo el sino de una auténtica misión. Ella no vino a las Indias ávida de ganancias y dispuesta a volver la espalda y marcharse una vez exprimido y saboreado el fruto. Llegaba para que fuera cumplida y hermosa realidad el mandato póstumo de la Reina Isabel de “atraer a los pueblos de Indias y convertirlos al servicio de Dios“. Traía para ello la buena nueva de la verdad revelada, expresada en el idioma más hermoso de la tierra. Venía para que esos pueblos se organizaran bajo el imperio del derecho y vivieran pacíficamente. No aspiraban a destruir al indio sino a ganarlo para la fe y dignificarlo como ser humano…

Era un puñado de héroes, de soñadores desbordantes de fe. Venían a enfrentar a lo desconocido; ni el desierto, ni la selva con sus mil especies donde la muerte aguardaba el paso del conquistador en el escenario de una tierra inmensa, misteriosa, ignorada y hostil.

Nada los detuvo en su empresa; ni la sed, ni el hambre, ni las epidemias que asolaban sus huestes; ni el desierto con su monótono desamparo, ni la montaña que les cerraba el paso, ni la selva con sus mil especies de oscuras y desconocidas muertes. A todo se sobrepusieron. Y es ahí, precisamente, en los momentos más difíciles, en los que se los ve más grandes, más serenamente dueños de sí mismos, más conscientes de su destino, porque en ellos parecía haberse hecho alma y figura la verdad irrefutable de que “es el fuerte el que crea los acontecimientos y el débil el que sufre la suerte que le impone el destino”. Pero en los conquistadores pareciera que el destino era trazado por el impulso de su férrea voluntad.

Como no podía ocurrir de otra manera, su empresa fue desprestigiada por sus enemigos, y su epopeya objeto de escarnio, pasto de la intriga y blanco de la calumnia, juzgándose con criterio de mercaderes lo que había sido una empresa de héroes. Todas las armas fueron probadas: se recurrió a la mentira, se tergiversó cuanto se había hecho, se tejió en torno suyo una leyenda plagada de infundios y se la propaló a los cuatro vientos.

Y todo, con un propósito avieso. Porque la difusión de la leyenda negra, que ha pulverizado la crítica histórica serie y desapasionado, interesaba doblemente a los aprovechados detractores. Por una parte, les servía para echar un baldón a la cultura heredada por la comunidad de los pueblos hermanos que constituimos Hispanoamérica.

Por la otra procuraba fomentar así, en nosotros, una inferioridad espiritual propicia a sus fines imperialistas, cuyas asalariados y encumbradísimos voceros repetían, por encargo, el ominoso estribillo cuya remunerada difusión corría por cuenta de los llamados órganos de información nacional. Este estribillo ha sido el de nuestra incapacidad para manejar nuestra economía e intereses, y la conveniencia de que nos dirigieran administradores de otra cultura y de otra raza. Doble agravio se nos infería; aparte de ser una mentira, era una indignidad y una ofensa a nuestro decoro de pueblos soberanos y libres.

España, nuevo Prometeo, fue así amarrada durante siglos a la roca de la Historia. Pero lo que no se pudo hacer fue silenciar su obra, ni disminuir la magnitud de su empresa que ha quedado como magnífico aporte a la cultura occidental.

Allí están, como prueba fehaciente, las cúpulas de las iglesias asomando en las ciudades fundadas por ella; allí sus leyes de Indias, modelo de ecuanimidad, sabiduría y justicia; sus universidades; su preocupación por la cultura, porque “conviene –según se lee en la Nueva Recopilación– que nuestros vasallos, súbditos y naturales, tengan en los reinos de Indias, universidades y estudios generales donde sean instruidos y graduados en todas ciencias y facultades, y por el mucho amor y voluntad que tenemos de honrar y favorecer a los de nuestras Indias y desterrar de ellas las tinieblas de la ignorancia y del error, se crean Universidades gozando los que fueren graduados en ellas de las libertades y franquezas de que gozan en estos reinos los que se gradúan en Salamanca”.

Su celo por difundir la verdad revelada porque –como también dice la Recopilación– “teniéndonos por más obligados que ningún otro príncipe del mundo a procurar el servicio de Dios y la gloria de su santo nombre y emplear todas las fuerzas y el poder que nos ha dado, en trabajar que sea conocido y adorado en todo el mundo por verdadero Dios como lo es, felizmente hemos conseguido traer al gremio de la Santa Iglesia Católica las innumerables gentes y naciones que habitan las Indias occidentales, isla y tierra firme del mar océano”.

España levantó, edificó universidades, difundió la cultura, formó hombres, e hizo mucho más; fundió y confundió su sangre con América y signó a sus hijas con un sello que las hace, si bien distintas a la madre en su forma y apariencias, iguales a ella en su esencia y naturaleza. Incorporó a la suya la expresión de un aporte fuerte y desbordante de vida que remozaba a la cultura occidental con el ímpetu de una energía nueva.

Y si bien hubo yerros, no olvidemos que esa empresa, cuyo cometido la antigüedad clásica hubiera discernido a los dioses, fue aquí cumplida por hombres, por un puñado de hombres que no eran dioses aunque los impulsara, es cierto, el soplo divino de una fe que los hacía creados a la imagen y semejanza de Dios.

Son hombres y mujeres de esa raza los que en heroica comunión rechazan, en 1806, al extranjero invasor, y el hidalgo jefe que obtenida la victoria amenaza con “pena de la vida al que los insulte”.

Es gajo de ese tronco el pueblo que en mayo de 1810 asume la revolución recién nacida; esa sangre de esa sangre la que vence gloriosamente en Tucumán y Salta y cae con honor en Vilcapugio y Ayohuma; es la que bulle en el espíritu levantisco e indómito de los caudillos; es la que enciende a los hombres que en 1816 proclaman a la faz del mundo nuestra independencia política; es la que agitada corre por las venas de esa raza de titanes que cruzan las ásperas y desoladas montañas de los Andes, conducidas por un héroe en una marcha que tiene la majestad de un friso griego; es la que ordena a los hombres que forjaron la unidad nacional, y la que aliente a los que organizaron la República; es la que se derramó generosamente cuantas veces fue necesario para defender la soberanía y la dignidad del país; es la misma que moviera al pueblo a reaccionar sin jactancia pero con irreductible firmeza cuando cualquiera osó inmiscuirse en asuntos que no le incumbían y que correspondía solamente a la nación resolverlos; de esa raza es el pueblo que lanzó su anatema a quienes no fueron celosos custodios de su soberanía, y con razón, porque sabe, y la verdad lo asiste, que cuando un Estado no es dueño de sus actos, de sus decisiones, de su futuro y de su destino, la vida no vale la pena de ser allí vivida; de esa raza es ese pueblo, este pueblo nuestro, sangre de nuestra sangre y carne de nuestra carne, heroico y abnegado pueblo, virtuoso y digno, altivo sin alardes y lleno de intuitiva sabiduría, que pacífico y laborioso en su diaria jornada se juega sin alardes la vida con naturalidad de soldado, cuando una causa noble así lo requiere, y lo hace con generosidad de Quijote, ya desde el anónimo y oscuro foso de una trinchera o asumiendo en defensa de sus ideales el papel de primer protagonista en el escena rio turbulento de las calles de una ciudad.

Señores:

La historia, la religión y el idioma nos sitúan en el mapa de la cultura occidental y latina, a través de su vertiente hispánica, en la que el heroísmo y la nobleza, el ascetismo y la espiritualidad, alcanzan sus más sublimes proporciones. El Día de la Raza, instituido por el Presidente Yrigoyen, perpetúa en magníficos términos el sentido de esta filiación. “La España descubridora y conquistadora –dice el decreto–, volcó sobre el continente enigmático y magnífico el valor de sus guerreros, el denuedo de sus exploradores, la fe de sus sacerdotes, el preceptismo de sus sabios, las labores de sus menestrales y con la aleación de todos estos factores, obró el milagro de conquistar para la civilización la inmensa heredad en que hoy florecen las naciones a las cuales ha dado, con la levadura de su sangre y con la armonía de su lengua, una herencia inmortal que debemos de afirmar y de mantener con jubiloso reconocimiento”.

Si la América olvidara la tradición que enriquece su alma, rompiera sus vínculos con la latinidad, se evadiera del cuadro humanista que le demarca el catolicismo y negara a España, quedaría instantáneamente baldía de coherencia y sus ideas carecerían de validez. Ya lo dijo Menéndez y Pelayo: “Donde no se conserva piadosamente la herencia de lo pasado, pobre o rica, grande o pequeña, no esperemos que brote un pensamiento original, ni una idea dominadora”. Y situado en las antípodas de su pensamiento, Renán afirmó que “el verdadero hombre de progreso es el que tiene los pies enraizados en el pasado”.

El sentido misional de la cultura hispánica, que catequistas y guerreros introdujeron en la geografía espiritual del Nuevo Mundo, es valor incorporado y absorbido por nuestra cultura, lo que ha suscitado una comunidad de ideas e ideales, valores y creencias, a la que debemos preservar de cuantos elementos exóticos pretenden mancillarla. Comprender esta imposición del destino, es el primordial deber de aquellos a quienes la voluntad pública o el prestigio de sus labores intelectuales, les habilita para influir en el proceso mental de las muchedumbres. Por mi parte, me he esforzado en resguardar las formas típicas de la cultura a que pertenecemos, trazándome un plan de acción del que pude decir –el 24 de noviembre de 1944– que “tiene, ante todo, a cambiar la concepción materialista de la vida por una exaltación de los valores espirituales”.

Precisamente esa oposición, esa contraposición entre materialismo y espiritualidad, constituye la ciencia del Quijote. O más propiamente representa la exaltación del idealismo, refrenado por la realidad del sentido común.

De ahí la universalidad de Cervantes, a quien, sin embargo, es precio identificar como genio auténticamente español, mal que no puede concebirse como no sea en España.

Esta solemne sesión, que la Academia Argentina de Letras ha querido poner bajo la advocación del genio máximo del idioma en el IV Centenario de su nacimiento, traduce –a mi modo de ver– la decidida voluntad argentina de reencontrar las rutas tradicionales en las que la concepción del mundo y de la persona humana, se origina en la honda espiritualidad grecolatina y en la ascética grandeza ibérica y cristiana.

Para participar en ese acto, he preferido traer, antes que una exposición académica sobre la inmortal figura de Cervantes, palpitación humana, su honda vivencia espiritual y su suprema gracia hispánica. En su vida y en su obra personifica la más alta expresión de las virtudes que nos incumbe resguardar.

Mientras unos soñaban y otros seguían amodorrados en su incredulidad, fue gestándose la tremenda subversión social que hoy vivimos y se preparó la crisis de las estructuras políticas tradicionales. La revolución social de Eurasia ha ido extendiéndose hacia Occidente, y los cimientos de los países latinos del Oeste europea crujen ante la proximidad de exóticos carros de guerra. Por los Andes asoman su cabeza pretendidos profetas, a sueldo de un mundo que abomina de nuestra civilización, y otra trágica paradoja parece cernirse sobre América al oírse voces que, con la excusa de defender los principios de la Democracia (aunque en el fondo quieren proteger los privilegios del capitalismo), permitan el entronizamiento de una nueva y sangrienta Tiranía.

Como miembros de la comunidad occidental, no podemos substraernos a un problema que de no resolverlo con acierto, puede derrumbar un patrimonio espiritual acumulado durante siglos. Hoy, más que nunca, debe resucitar Don Quijote y abrirse el sepulcro del Cid Campeador.

Tte Gral Juan Domingo Perón
Presidente de la Nación Argentina

VERDAD VIGENTE

“En el territorio más rico de la tierra vive un pueblo pobre, mal nutrido y con salarios de hambre. Hasta que los argentinos no recuperemos para la nación y el pueblo el dominio de nuestras riquezas, no seremos una nación soberana ni un pueblo feliz”.

 Arturo Jauretche

LIBERALES ARGENTINOS

«Ser libre, para los liberales argentinos, consiste en gobernar a los otros. La posesión del gobierno: he aquí todo su liberalismo...
El liberalismo, como hábito de respetar el disentimiento de los otros en contra nuestro, es cosa que no cabe en la cabeza de un liberal argentino».

Juan Bautista Alberdi.

MOVIMIENTO NACIONAL

A mí no me gustó nunca hablar de "partido político", no porque tenga nada especial en contra de ellos; pero una serie de hechos desgraciados y circunstancias históricas están seña­lando su actual deterioro. Así como palpamos la evolución de las instituciones políticas, observamos en el pensamiento y filosofía contemporáneos una nueva realidad, con implicancias que ya expliqué en otras oportunidades. Me refiero a la crisis del sistema demoliberal, que nos obliga a pensar en nuevas for­mas y organizaciones políticas que expresen los anhelos del Pueblo y sirvan a la COMUNIDAD ORGANIZADA en formas renova­das, actualizadas y más totalizadoras. Tales instrumentos cívicos deben servir como factor de unión, de reunión y no de disputas y discrepancias.
El Frente político que propongo realizar debe ser fruto y expresión de la madurez alcanzada por el país real. Debemos definir e impulsar una doctrina política de RAIGAMBRE ARGENTI­NA, inspirada y basada en nuestras realidades que suelen susci­tar enseñanzas muy fecundas; pero hay que saber VER, ESCUCHAR e INTERPRETAR al Pueblo en sus necesidades y sentimientos y, a partir de esa verdad, elaborar los proyectos para el futuro que queremos construir juntos y, sobre todo, SOLIDARIOS. Finalmente insisto que debe ser un movimiento de clases y sectores muy amplio, que comprenda a la totalidad argenti­na, que es varia y plural; a los únicos que no admito son a los comunistas; esos reciben directivas del exterior y se enfrenta­rán con nosotros en el plano de la competencia revolucionaria.(...) Mesas de Trabajo: Una forma tan sim­ple como elemental de saber qué piensa, qué quiere y qué ne­cesita el ciudadano medio; se las debe instalar en las calles, en las fábricas, en el campo y en los pueblos, en todas partes. Bas­ta con una persona que las atienda y sepa conversar con la gente, mientras en su cuaderno anota lo que le dicen, piden, reclaman, necesitan, exigen, etc. Todo este material un tanto heteróclito debe ser reunido y estudiado por técnicos y profe­sionales capacitados para procesarlos. Así se tendrá una radiografía de la Argentina real y, sobre todo, de sus re­querimientos impostergables.»
Cita: Tte Gral  Juan Domingo Perón - Carta al Lic. Carlos A. Imbaud 25 de Abril de 1972

DIÁLOGO DE PATRIOTAS

 Arturo Jauretche y el coronel Perón dialogando en uno de los tantos encuentros que tuvieron en el departamento del barrio de Palermo, en 1944

AJ:-Mire, coronel, la revolución va a tener su mayor dificultad no con los analfabetos y los que apenas terminaron la escuela primaria.

Esos hombres aprenden de la vida diaria y de sus necesidades insatisfechas.

Se vuelven sabios por el estómago vacío y distinguen bien lo que es bueno de lo que es malo para ellos, que suele ser coincidente con lo que es bueno para el país.

El problema está en esas amplias capas medias, que están educadas y son lectoras de diarios como La Prensa, La Nación o Critica; que han leído minuciosamente la historia de Mitre.

Esos están educados, pero mal educados.

Sus cabezas han sido conquistadas por un falso sentido común, repleto de zonceras.

De esas falsedades que, de tanto repetirse, se instalan como premisas.

Se han educado en el mito sarmientino de que la opción está entre la civilización o la barbarie.

Por supuesto, todo lo extranjero es civilización, y lo de acá, lo criollo, es barbarie.

Y mire qué curioso, porque la palabra “bárbaro” viene del griego, y así llamaban los griegos a los extranjeros, a los que no hablaban su lengua.

Sarmiento invirtió esa lógica que fundó Occidente y, con sus buenas intenciones de educar a todo el mundo, los civilizó bárbaramente, es decir, extranjerizando nuestra cultura.

Entonces, coronel, los más educados son también los peor educados.

El medio pelo es, en nuestra sociedad, el hombre que se mira en un espejo equivocado, que no es el propio.

La oligarquía es una minoría ínfima en nuestra sociedad; son dueños de la tierra, sí, pero su mayor poder es el de ser dueños de la cabeza de miles de argentinos de clase media, que, sin tener más tierra que la de los canteros del patio, se comportan como fieles defensores de un modelo que no les pertenece.

Esos son muchos, miles, tal vez millones movidos no por la necesidad, sino por esa distorsión cultural, forjada en décadas de educación sarmientina y académica, y por la cotidiana lectura de los diarios “serios”.

A esa gente le importa más parecer que ser.

Ahí está el hueso más duro de roer para cualquier intento revolucionario.



JDP: – Mire, Jauretche, para mí hay una sola clase de hombres, los que trabajan. Y trabajadores, además de los ferroviarios y los metalúrgicos, son los empleados de comercio y los bancarios, que también son de clase media.

Con esa harina, haremos el pan del cambio.



AJ: – Coronel, usted puede cambiar un gobierno, también puede modificar con esfuerzo las leyes del trabajo, como lo está haciendo.

Lo difícil va a ser cambiar la mentalidad de los tilingos, que se orientan todos los días por zonceras.

Eso va a costar muchos años, tantos que no sé si vamos a ver en vida el cambio, ni usted ni yo.

Y el pan del que habla nos va a quedar con la corteza quemada y la miga cruda”

NUESTRO MOVIMIENTO

"El Movimiento Nacional Justicialista es la expresión de aquellas corrientes político-históricas que nacen con la nacionalidad misma y se mantiene filiado por los lazos culturales, espirituales y hasta raciales con la Argentina de ayer, de hoy y de siempre. Es, por lo tanto, la expresión más fiel de la Argentina histórica, con sus sombras, pero también con su hermosa carga de grandezas que imponen una misión histórica que cumplir".
Tte Gral Juan Domingo Perón

HOMBRE ARGENTINO

Transcripción propia del discurso difundido por LRA Radio del Estado y la Red Argentina de Radiodifusión y conservado en el Archivo General de la Nación:

DIJO EL GRAL...JUAN DOMINGO PERÓN...

Nuestro hombre es una unidad moral, ante todo y por sobre todo, sin dejar de
constituir una célula económica. El argentino es una unidad de energía, no una máquina regulada por un funcionamiento exhaustivo. Nuestra “tercera posición” es –precisamente– la alimentada por la certeza de que el hombre tiene un destino superior al de su mero desenvolvimiento como resorte productor. Estamos por la calidad espiritual del individuo, por sus raíces sensibles, por su fe y por
su irremediable condición humana.
Nuestra doctrina política ha asignado a esta
calidad primordial y a esta noble estructura que es el hombre, una escala más justa de necesidades e intereses.
Nuestra posición frente a la realidad de la vida tiene hondas tónicas optimistas, abonadas por la condición de su justicia y por el estímulo que representa el estar atento a toda evolución.
Nuestro hombre está de pie para una integración, no para una desesperanza; está trabajando para una empresa de destino ético; su norte, en las relaciones con el Estado, es el impulso espontáneo de dividir el fruto, no puede odiar, porque le ha sido dado el amor;
no puede sentir la “náusea”, porque se le ha mostrado al fin, en el codo crucial de su visón, la imagen de su perfeccionamiento como individuo.
Nuestra doctrina no cree en la violencia que desgarra, sino en la superación que eleva; en la plenitud de su cometido, sin miras egoístas en las relaciones cada día más complejas del hombre con la comunidad.
Le hemos devuelto la fe en sí mismo y en la calidad de su empresa. Eso nos ha salvado, quizás porque el hombre, en trances de prueba, se salva por los signos más vivos y las soluciones más elementales.
Tte Gral Juan Domingo Perón

DESTRUCCIÓN DE LA EDUCACIÓN

«Un país que destruye la Escuela Pública no lo hace nunca por dinero, porque falten recursos o su costo sea excesivo. Un país que desmonta la Educación, las Artes o las Culturas, está ya gobernado por aquellos que sólo tienen algo que perder con la difusión del saber».

(Italo Calvino, 1974)
imagen: Santiago Caruso

PATRIA

"La Patria es una síntesis trascendente, una síntesis indivisible, con fines propios que cumplir; y nosotros lo que queremos es que el movimiento de este día, y el Estado que cree, sea el instrumento eficaz, autoritario, al servicio de una unidad indiscutible, de esa unidad permanente, de esa unidad irrevocable que se llama Patria. Lo que el hombre está pidiendo es volver a sentir el suelo bajo sus pies, ponerse en armonía una vez más con un destino colectivo, un destino común, o simplemente ,llamando las cosas por su nombre, con el destino de su patria.”

Jose Antonio Primo De Rivera.

BELGRANO EL VERDADERO PADRE DEL AULA



En la memoria colectiva subyace la idea de que fue Domingo Faustino Sarmiento el propulsor de la educación en el país. Que antes de él, poco o nada se había logrado en la materia, y que siendo gobernador de San Juan o presidente de la Argentina, la enseñanza nacional había alcanzado su consagración.

Tengamos en cuenta que Sarmiento fue gobernador de San Juan desde 1862 hasta 1864, y llegó a la presidencia de la nación en 1868. Nos preguntamos: ¿no hubo avances en materia educativa antes de 1862? ¿No se crearon escuelas, universidades o establecimientos similares en la etapa colonial o durante el período federal? Al parecer, una aguda miopía recorre los primeros años de la patria ya independiente, en donde los datos suelen ser vagos, imprecisos y hasta ocultados con infamante barbaridad.

Aquella miopía histórica pone ante nuestros ojos a un Manuel Belgrano como creador de la enseña patria en 1812 y nada más. No se profundizó el estudio de sus campañas militares en el Alto Perú, donde alternó victorias y retiradas. O la campaña que dirigió, con suerte magra, en el Paraguay. O su paso por la Primera Junta de Gobierno, donde los libros apenas lo nombran. ¿Qué pasaría si a todo esto agregamos que Manuel Belgrano fue, en verdad, el padre de la educación argentina?

Cuando fue secretario del Consulado de Comercio de Buenos Aires, entre 1794 y 1810, Belgrano hizo valiosos aportes para el fomento de la agricultura, la industria y el comercio, pero no fue sino a partir de marzo de 1810, dos meses antes de la Revolución de Mayo, que el prócer empezó a escribir sobre aspectos específicamente educativos. Manuel Belgrano, que había vivido muchos años en España, dejó a un lado el despotismo ilustrado y la consecuente aristocratización de la cultura que habían resurgido a finales del siglo XVIII y principios del XIX.

Al arribar a tierras criollas comprendió la realidad social argentina, dedicándose a una labor hasta entonces desconocida: la intensificación de la agricultura, de la educación, del trabajo para los artesanos, de escuelas para el mejoramiento de la moral y el aprendizaje de las más comunes labores domésticas, etc., etc.

En 1799, Manuel Belgrano creó una escuela de náutica y otra de geometría y dibujo, al tiempo que se ocupó de darles a los jóvenes los estímulos necesarios para que se capaciten y lleven a cabo mejores actividades mercantiles. Incluso se le reconoce como pionero de numerosas e importantes publicaciones, como ser el “Telégrafo Mercantil” (1801), considerado el primer periódico de Buenos Aires. Fue colaborador, asimismo, del “Semanario de Agricultura, Comercio e Industria”, y más adelante, en tiempos del virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros, ayudó a crear el “Correo de Comercio de Buenos Aires”, mediante el cual plasmó diversos artículos relacionados a la educación, la estadística, la navegación y varios temas más.

Conceptos sobre educación

Como primer educador autóctono, el creador de la bandera nacional puso énfasis en la escuela pública gratuita. Ésta debía ser un pilar de moralidad y tenía que tener como misión fundamental la de alfabetizar a toda la población, cualquiera sea la procedencia social de sus habitantes.

Desde las hojas del Correo de Comercio de Buenos Aires, Belgrano descargaba su bronca contra la catastrófica situación que vivía la educación en general, y este cuadro desalentador se lo endilgaba a “la época desgraciada que acabamos de correr y sobre la cual mejor echar un velo para no conmover más nuestros corazones”. Sentencias como ésta, seguramente se vieron influenciadas por el rol revolucionario que le cupo a Manuel Belgrano en la hora decisiva de Mayo de 1810, destinada a eliminar los vestigios de la etapa virreinal que la precedía.

En la edición del 17 de marzo de 1810, el patriota decía que “casi se podrá asegurar que los Pampas viven mejor, porque al fin tienen sus reglas con qué gobernarse, conocen una autoridad que los ha de premiar o castigar si faltan a ellas, y el ojo celador del cacique está sobre ellos: no así los nuestros entregados a sí mismos, sin haber oído acaso la voz de su pastor eclesiástico, dejan obrar sus pasiones y viven en la decantada vida natural en que todo es un abandono y un desastre perpetuo”.

Belgrano sostenía que los antiguos reinados de Europa se empeñaron en la profundización de los “establecimientos de educación y no ha habido colonias en todo el universo, a quienes sus conquistadores hayan proporcionado tantos beneficios”. En cambio, al irrumpir en el viejo mundo el Despotismo Ilustrado “es cuando hemos visto mirar con el mayor abandono este ramo de la felicidad pública en estos países [virreinatos americanos], ya destruyendo lo establecido, ya negando los nuevos establecimientos de educación que se proponían”, afirmaba Belgrano.

Bregaba, asimismo, por “tratar de atender a una necesidad tan urgente, como es la que estamos de establecimientos de enseñanza, para cooperar con las ideas de nuestro sabio Gobierno a la propagación de los conocimientos”. En lo concerniente a la formación moral del hombre argentino, Belgrano sostenía que debía hacerse “con aquellas nociones más generales y precisas con que en adelante pueda ser útil al Estado”.

Ya el 24 de marzo de 1810, también desde las páginas del Correo de Comercio de Buenos Aires, Manuel Belgrano propugnaba la fundación de escuelas primarias en las ciudades, villas y parroquias de la campaña, utilizando para ello fondos públicos. En la campaña “residen los principales contribuyentes a aquellos ramos [de la educación] y a quienes de justicia se les debe una retribución tan necesaria”, manifestaba. Aquí es notable el concepto belgraniano de la educación: tenía que ser para todos los sectores por igual, sin distinciones.

En la misma fecha reclamaba: “Obliguen los jueces a los padres a que manden sus hijos a la escuela, por todos los medios que la prudencia es capaz de dictar, y si hubiere algunos que desconociendo tan sagrada obligación se resistieren a su cumplimiento, como verdaderos padres que son de la patria, tomen a su cargo los hijos de ella y pónganlos al cuidado de personas que los atiendan”. Los hombres de la Iglesia tenían que predicar “acerca del deber de la enseñanza a los hijos; estimulen a los padres para que les den tan arreglada dirección, valiéndose de los medios que proporciona su influencia en los espíritus”, decía. Quería Belgrano que los maestros “sean virtuosos y puedan con su ejemplo dar lecciones prácticas a la niñez y juventud y dirigirlos por el camino de la Santa Religión y del honor”.

Sin embargo, tan nobles conceptos apenas sí pudieron cumplirse en la realidad, pues los acontecimientos revolucionarios se dieron vertiginosamente, de modo relampagueante, todo lo cual impidió su completa realización. El propio Belgrano tuvo que salir a hacer campañas militares en los años posteriores e inmediatos a 1810, que se van a prolongar hasta 1815, cuando deja la actuación militar y pasa a desempeñarse como diplomático en Europa, regresando a nuestras tierras de forma intermitente, esporádica.

Entre la enseñanza y la milicia

De todas maneras, ni siquiera su rol de militar le impidió al creador de la bandera acordarse de la educación y su puesta en marcha. En agosto de 1810, y por iniciativa de Belgrano, quien para la época ya era vocal de la Primera Junta, se resuelve fundar la Escuela de Matemáticas, destinado a la preparación de oficiales del ejército. La escuela fue inaugurada el 12 de septiembre de 1810, en uno de los salones del Consulado, con gran presencia de público. Sería su primer director el coronel Felipe Sentenach, el cual elaboró un plan de estudios que fue aprobado por los miembros del primer gobierno patrio.

El día de la inauguración, hicieron uso de la palabra Manuel Belgrano –designado primer inspector del establecimiento-, el coronel Sentenach y, seguidamente, el padre Zambrana. Las vicisitudes surgidas al calor de los sucesos posteriores al 25 de mayo de 1810 determinaron que, en 1812, Felipe Sentenach fuera ahorcado en Plaza de Mayo por habérsele implicado como conspirador que deseaba el derrocamiento del Primer Triunvirato junto con Martín de Álzaga.

Clausurada ese mismo año, la Escuela de Matemáticas reabrió en 1816 bajo la dirección de Felipe Senillosa, la que contó con una división de diecinueve alumnos. Tres años más tarde, tendría lugar el primer curso de pilotaje.

Al ser designado como jefe del Ejército del Norte (o Auxiliar del Perú), Belgrano mandó fundar un periódico que se llamó “Diario Militar”, pionero en su tipo. El 12 de marzo de 1818, la nombrada publicación sacó la siguiente reseña: “Ayer 11 –de marzo de 1818- se presentó al público un espectáculo interesante y que manifiesta los grandes destinos á que la Patria se elevará por sus hijos. Los Caballeros Cadetes que cursan la Academia de Matemáticas fueron examinados en toda la aritmética á presencia del Exmo. S. Gral. en Gefe, S. Governador de la Provincia, Ylustre Ayuntamiento, todo el Estado mayor del Exto. SS. Xefes y oficiales de los cuerpos y de un numeroso concurso de vecinos de todas profesiones…”.

Tras erigirse como vencedor en la batalla de Salta el 20 de febrero de 1813, el general Manuel Belgrano es distinguido por la Asamblea General Constituyente con un decreto fechado el 8 de marzo de ese mismo año por el cual se le otorgó un sable de oro y 40.000 pesos fuertes de la época. En un gesto poco usual en la historia argentina, Belgrano destinó esa suma de dinero para la construcción de cuatro escuelas en las provincias argentinas de Jujuy, Tarija, Tucumán y Salta –o, en vez de esta última, Santiago del Estero, según las fuentes consultadas-. En ellas, a los niños argentinos se les enseñaría “a leer y escribir, la aritmética y la doctrina cristiana y los primeros rudimentos de los derechos y obligaciones del hombre en sociedad, hacia ésta y al gobierno que rige”.

En un reglamento que para la ocasión dictó el propio Manuel Belgrano, decía que “el maestro debe ser dechado de amor al orden, amor a la virtud y a las ciencias, horror al vicio, inclinación al trabajo, despego del interés, desprecio a la profusión y lujo en el vestir y demás necesidades de la vida y un espíritu nacional que le haga preferir el bien público al privado, y estimar en más la condición de americano que la de extranjero”. Tales conceptos, esbozados en los primeros años del siglo XIX, fácilmente tendrían una brillante aplicación en el presente.

Sin embargo, fue tan realista en sus decisiones que, considerando los peligros a que se veía expuesta la Revolución de Mayo y sus principios debido a la escasez de recursos para proveer de armamento a las tropas, desde la Villa del Luján envió un oficio al gobierno de Buenos Aires el 18 de junio de 1814 cediendo para gastos militares la suma que él había destinado a la fundación de escuelas.

Casi al final de su existencia, y en carta dirigida a su amigo y camarada de armas Tomás Guido el 24 de diciembre de 1818, Belgrano le hacía ver los logros que la instrucción había cimentado en las tropas nacionales de entonces: “…Quiero conversar un poco más con V. y hacerle saber que ya cuenta este Ejército con jóvenes aprovechados en su Academia de Matemáticas, y que les ha entrado con mucho calor a los oficiales, el deseo de aprender, en término que pienso dentro de tres meses, tener una docena de ingenieros que han de hacer honor a la Nación”.

Al estudiar profundamente a Manuel Belgrano, notamos que se trató de un educador excepcional no reconocido que, ante cada situación que le tocó vivir, sea en la milicia o como funcionario de una junta gubernativa, intentó propiciar las ventajas de la formación y la instrucción educativas. A los habitantes de la patria naciente, había que hacerlos hombres morales y honrados; a los soldados y milicianos había que prepararlos para que sean los futuros oficiales del ejército nacional. De cara al Bicentenario de la patria, el redescubrimiento del general Manuel Belgrano merece ser fomentado para que sirva de ejemplo a la población argentina en su totalidad. No son épocas para quedarnos con la acartonada versión que de él nos ha ofrecido en todo este tiempo la historiografía dominante.

Bibliografía

Batalla de Salta – Portal de historia argentina www.revisionistas.com.ar.
Belgrano, General Manuel. “Escritos Económicos”, Círculo Militar, Buenos Aires, Octubre de 1963.
Quartaruolo, V. Mario. “Belgrano y el Ejército Auxiliar del Perú”, Todo es Historia, Año VIII, N° 87, Agosto de 1974.
Rivas, Marcos P. “Sarmiento. Mito y Realidad”, A. Peña Lillo Editor, Buenos Aires, Abril de 1961.

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